Mis
queridos hermanos y amigos en el Señor Jesucristo:
Es
inevitable en el día de hoy leer o escuchar noticias desagradables acerca de la
corrupción endémica de nuestros dirigentes políticos, su más que
evidente desinterés (de facto, aunque tal vez no de
jure) por las clases trabajadoras y su olímpico desprecio por todo
aquello que no contribuya al engrose permanente de sus cuentas privadas. Como
consecuencia, no es posible abrir un rotativo o escuchar un noticiario
cualquiera sin que se manifieste de forma bien palpable el descontento general
de la población y las muy humanas y muy legítimas ansias de cambio, a veces
drástico, que se respiran por todas partes.

